Como en botica |
Para que no se pierdan las cosas ni queden sepultadas bajo otras como en facebook y twitter. |
| Gabi: | Mamá, Dios está en el espacio? |
| Yo (encartada con la pregunta): | Pues si, como en todas partes, como en el aire. |
| Gabi: | Ah no, entonces en el espacio no porque en los otros planetas no hay aire. |
| Plop. |
Slow Man, Coetzee
Aggh, por fin lo terminé. No me gusta leer así, con ganas de que se acabe rápido el libro. Y menos a Hemingway. Con los dos libros que he leído antes (Por quién doblan las campanas y A moveable feast) me pasó al revés: al final leía despacio porque no quería que la historia se acabara. Con éste todo comenzó bien hasta que a los personajes les dio por pasar más de 100 páginas de rumba en una fiesta taurina. Yo estaba más cansada que ellos, tenía más guayabo que los más borrachos, quería que se devolvieran rápido a Paris.
Cuando la fiesta se acabó me volví a enganchar con el libro, lástima que eso no duró más que lo que me demoré caminando desde la estación de transmilenio hasta mi casa.
El final, eso sí, es tan lindo que hizo que valiera la pena no haber claudicado.
Cualquiera que haya sido niño o joven durante la década de 1980 debe tener una tara, unas cicatrices profundas que no se borran con nada. Mi marido, por ejemplo, puede ver 300 veces una película con Bill Murray sobre un hombre que queda atrapado en un día de la vida, justo el día en que un pueblo gringo celebra que una marmota se despierta y predice cuánto dura el invierno (cucú, y eso que esa es de los tempranos noventa, no quiero ni citar las ochenteras puracepa que vé).
Yo, que me creía inmune a la tara ochentera -por lo menos en cine y en música-, la descubrí esta mañana: la tara es estética.
Me explico: Gabriela antes de ir al colegio esta mañana me dice “¿sabes qué mamá? hoy me quiero hacer un peinado diferente. ¿Puedes hacerme una cola de lado?”. Inmediatamente a mi cabeza llegaron mis propias imágenes de cola lateral tipo 1988 y alegremente accedí a hacerle el peinado. Si yo por razones de edad y dignidad ya no puedo hacerme la cola de lado, ¿qué mejor que sublimar todo ese ímpetu de los ochentas en mi hija? ¿no es acaso el privilegio que tenemos los que tenemos hijos?
Entonces procedí, y mi resultado fue algo similar a esto:

Imagen: http://momonroof.wordpress.com
Terminada mi labor Gabi se toca el pelo, hace una cara extraña y corre al baño. Se mira horrorizada. “Mamá, ¿qué es esto?”. Yo orgullosa, le explico que así me peinaba yo para ir al colegio. Me hizo cara de cadalococonsutema y sutilmente me dijo: la quiero más bajita, justo abajo de la oreja. Yo la miro con cara de cadalococonsutema y le repito el peinado, esta vez bajo sus indicaciones. La miré y entendí. Claro, estamos en los dosmildieces. Lo que quería era esto (pero en niña):

Imagen: http://greatweddinghairstyles.onsugar.com
Uno trata de lograr que la brecha generacional no sea tan grande, pero no puede ser tan iluso. La tara de los ochentas nunca podrá ser superada. Y así me quedaré yo, pensando lo que pensaba en 1988, mientras que en los dosmildieces las niñas de cuatro años tienen un sentido de la moda que a veces asusta de lo refinado. No quiero pensar en la adolescencia, gracias.
“La Pascua es una fiesta, no un planeta” –atribuído a Johannes Kepler
La tarea de crear un calendario es más allá de algo titánico. Lo han intentado todas las civilizaciones modernas (y algunas antiguas) y, sorprendentemente, han llegado a resultados increíblemente precisos que le…
José Saramago, El viaje del elefante, p. 96 (segundo libro de 2012, el narrador omnisciente llevado al extremo, me encanta).
J.M Coetzee, Diario de un mal año, p.232 (primer libro de 2012, ¡comenzamos muy bien!).
| Yo: | Uy Gabi, ¿A qué horas te ensuciaste así la ropa? |
| Gabi: | a las nueve. |
Ok, entendido el mensaje del más allá para hoy.
Cualquiera que esté teniendo un mal día puede dejarse perder en los Ted talks calificados como jaw-dropping. ¡Definitivamente hay gente para todo en esta vida!